Visiones

Qué tanto puede contar un persona que ha vivido sobre la tierra desde 1985?? Muchos podrían suponer que muy poco, pero existimos algunas excepciones que rompemos esa regla. Hi. My name is Marissa and this is me...

Nota

Muchas de las imágenes de este Blog fueron tomadas de internet y pertenecen a sus respectivos dueños, a excepción de mis fotos personales... No tengo intención de hacerme pasar por dueña de lo que no es mío, ni violar ninguna ley de copyright... Si desean que retire alguna imagen suya, háganmelo saber y lo haré con gusto... Disfruten mi Blog...
Marissa_Inmortal
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martes, 22 de septiembre de 2015

Cumpleaños!!!

De rapidito pues debo dormir aunque sea un par de horas, no quería dejar pasar desapercibido el cumpleaños de mi ídolo, de mi sensei, del más grande y maravilloso escritor de Terror que ha albergado este planeta. 

Congratulations, Stephen King


jueves, 2 de febrero de 2012

Apegado a Mi

Velloncito de mi carne,
que en mi entraña yo tejí, 
velloncito friolento, 
¡duérmete apegado a mí! 

La perdiz duerme en el trébol 
escuchándole latir: 
no te turben mis alientos, 
¡duérmete apegado a mí! 

Hierbecita temblorosa 
asombrada de vivir, 
no te sueltes de mi pecho: 
¡duérmete apegado a mí! 

Yo que todo lo he perdido 
ahora tiemblo de dormir. 
No resbales de mi brazo: 
¡duérmete apegado a mí!

Gabriela Mistral

Más allá...

"Tener el coraje de ir más allá", es el acto de relajarse y permitir que tu vida entre en un fluir libre y espontáneo. Esto conlleva menos estructuración, más confianza y fe y tomar la vida tal y como te la encuentras, en vez de intentar encuadrarla en un patrón preconcebido y enfadarse cuando las cosas no resultan como esperabas.

El ego es por naturaleza resistente a dejarse fluir. Quiere aferrarse a su sentimiento de poder y dominar tu vida y las vidas de los demás. Necesita del control porque se siente inseguro. Así que puede darte miedo dejarte fluir, pero bajo mi punto de vista es más atemorizante permanecer donde estar.

En el mundo del ego y del intelecto, no tienes que desarrollar una confianza ciega. Puedes confiar en tus experiencias pasadas y reflexionar las cosas y normalmente eso funciona para ti la mayor parte del tiempo. Pero como ser espiritual, confiar es vital. En el dinámico y asombroso mundo del Yo Infinito, vuelas a ciegas. No tiene límites, así que te llevará a terrenos que no te son familiares y eso precisamente es lo que hace el proceso tan fascinante.

El viaje del ego al espíritu conlleva resolver las paradojas de la existencia humana:
• Tenemos que aceptar la infinidad estando dentro de un cuerpo mortal.
• Tenemos que creer en un Dios que no podemos ver.
• Tenemos que aprender a amar en una dimensión donde hay tanto odio.
• Tenemos que ver abundancia cuando la gente habla constantemente de carencia.
• Tenemos que descubrir la libertad donde el control es la religión estatal.
• Tenemos que desarrollar nuestra autovalía mientras la gente nos critica y empequeñece.
• Tenemos que ver belleza donde hay fealdad
• Tenemos que abrazar la amabilidad y las actitudes positivas cuando estamos rodeados de incertidumbre.
• Tenemos que sentirnos a salvo a pesar de nuestras preocupaciones. El punto crucial es la confianza.

Tienes que tener la valentía de tomar una idea, creerla, aceptarla y, antes de que tengas alguna prueba real de que la energía está allá para ti, o de que la idea funcionará. Has de dejar ir ese mal hábito intelectual que dice que tu ego-personalidad siempre sabe más. Dándole al infinito dentro de ti tu aceptación, le das poder para que entre en tu vida.

Es casi como si te perdieras un poco a ti mismo para encontrarte nuevamente en un nivel de energía mayor.

Si no te dejas ir un poco, tu ego-personalidad bloqueará constantemente tu poder interior y te perderás el beneficio de la sutil consciencia y de la percepción extrasensorial de los que estás investido como ser espiritual que eres.

Hemos llegado a rechazar esos mensajes interiores, verdad?. Es parte de cómo el ego juega sus juegos.

El infinito en ti es como un viento celestial; soplará suavemente en tu dirección y te apoyará, pero sólo cuando aquietes la mente y controles el ego. La gente me pregunta ¿eso es la intuición? Sí y no. Es más que intuición. La intuición espontánea es como se manifiesta en sus estados iniciales. Más tarde, el diálogo con el yo infinito viene a través de un conocimiento completo, de una información espontánea derivada de una sensibilidad incrementada. Crece conforme te vas enfocando y te disciplinas a ti mismo y cuando sabes y crees que tú eres infinito. Una vez que eres capaz de ver el mundo como lo que es, el poder de tu Yo Infinito se te une. Te enseña hora tras hora, día tras día, mostrándote constantemente la naturaleza sutil de las cosas de un modo verdaderamente magnificente. Te trae la gente a la que necesitas asociarte. Te muestra cómo modificar tus creencias y cuáles de ellas necesitas dejar atrás. Te ayuda en tu bienestar y te muestra modos de hacer tu modo de vida menos oneroso y restrictivo. La profundidad de su percepción te lleva de un paso al siguiente.

Será una pena si no la escuchas. Mientras el ego domina y aprieta, la espiritualidad interior se retira y espera hasta que la mundana lógica de la vida te agote. Por tanto, estar de acuerdo en escuchar es importante; actuar en lo que escuchas lo es incluso más.

No importa si, al principio, te vienen cosas un poco mezcladas, si no estás seguro de qué es lo que procede de tu yo infinito y qué procede de la mente. Tienes que empezar desde algún punto, esa es la importancia de dar el primer paso.

Si no escuchas y te abres, el mundo que creas vía tu personalidad y sus preferencias, y la percepción que tienes del mundo que te rodea, empieza a disminuir en energía. Agotas el poder disponible para ti. La energí¬a del lugar donde vives, de tus circunstancias, tu trabajo y tus relaciones, todo empieza a bajar a un nivel de energía menor porque no fluyen energí¬as nuevas para sostenerlo. Gradualmente te haces menos seguro, entrando en una zona de estancamiento que es la manifestación externa de una mente cansada y sin vida. Cada día hay menos energía que antes, menos excitación, más aburrimiento e irritación. A menudo este efecto será sofocante; te sentirás atrapado. La vida entra en encefalograma plano.

En el estancamiento el peligro crece; tu seguridad y protección se debilitan por la inmovilidad que te rodea.

Las restricciones de una situación sin vida como esta pueden causar ansiedad y acabar resultando en enfermedades o conductas negligentes. Puede conducir a la desesperanza y a una muerte temprana. Comprométete contigo mismo, en un tranquilo momento de oración o contemplación, que tú tienes el coraje de ser diferente. Cambiarás y lucharás contra la falta de energía del ego abrazando un puñado de ideas nuevas. Puede que la gente de tu alrededor te critique por querer cambiar, ¿y qué? En una situación de estancamiento cualquier cosa es mejor que seguir donde se está.

Lo siguiente es tener el coraje de aceptar y manejar el dolor y los problemas que, sin duda, el ego te pondrá para intentar que no le saques del poder. No le va a gustar lo que está pasando. Protestará con argumentos que suenan lógicos, esperando que te eches atrás. Cuando esto suceda sigue tu decisión con firmeza y pon en práctica una disciplina que no le guste al ego. (...)

En conclusión, al coraje de ir más allá, yo añadiría el coraje de ser vulnerable. Conforme cambies y crezcas el ego se sentirá asediado y amenazado. Si tienes poca o ninguna resistencia, estarás bien; si te resistes y luchas, dolerá un montón. Así que sé valiente. Permítete ser vulnerable. Deja a un lado la insistente psicología del macho que sufre la mayoría de la gente. En vez de eso penetra en la intensa belleza espiritual de moverte y fluir sin saber necesariamente qué camino tomar o cómo llegarás allá.

Cree, Cree, Cree.

Stuart Wilde

miércoles, 1 de febrero de 2012

Mary Shelley y el Origen de Frankenstein...


En el verano de 1816 visitamos Suiza y fuimos vecinos de Lord Byron. Al comienzo, pasábamos las horas en el lago o caminando por sus playas.

Pero fue un verano muy húmedo y la lluvia incesante impedía durante días salir de la casa. Algunos volúmenes de historias de fantasmas traducidas del alemán al francés cayeron en nuestras manos.

Un día dijo Lord Byron: "Cada uno de nosotros va a escribir una historia de fantasmas", y todos aceptamos su propuesta.

Por mi parte, yo me puse a pensar en una historia que pudiera rivalizar con aquellas que nos habían incitado a emprender este desafío. Una historia que tocara los miedos ocultos de nuestra naturaleza y que despertara un horror espeluznante, que hiciera que el lector temiera apartar su vista de la página un instante para mirar alrededor, que le congelara la sangre y que acelerara los latidos de su corazón. Si no cumplía con estos requisitos, mi historia de fantasmas no sería merecedora de tal nombre. Pensé y reflexioné durante horas, pero todo era en vano. Sentía aquella incapacidad de invención que es la mayor desgracia de los creadores, cuando la insípida Nada responde a nuestras ansiosas invocaciones. Cada mañana me preguntaban si había pensado en una historia, y cada mañana me veía forzada a responder con una mortificante negativa.

(...) Por su parte, en aquellos días, Lord Byron y Shelley mantuvieron muchas y largas conversaciones, de las que yo era un testigo devoto, aunque casi siempre silencioso. En una de ellas, los interlocutores dialogaron acerca de varias doctrinas filosóficas, y se discutió sobre la naturaleza del principio de la vida, y sobre si existía alguna posibilidad de que fuera descubierto y transmitido. Hablaron de los experimentos del Dr. Darwin [abuelo del naturalista Charles Darwin, teórico de la evolución de las especies] (...) Tal vez un cadáver pudiera ser vuelto a la vida; en todo caso, los desarrollos del galvanismo habían dado algun indicio para pensar en ello. Quizás las diferentes partes de una criatura podrían ser fabricadas, armadas , y dotadas del hálito vital.
Recuerdo que después de una de estas veladas y cuando había pasado ya la hora de las brujas, nos retiramos a descansar. Al apoyar la cabeza en la almohada, no me pude dormir, ni tampoco podría decir que pensaba. Era mi imaginación espontánea la que me poseía y me guiaba, dotando a las sucesivas imágenes que surgían en mi mente de una nitidez inusual en las ensoñaciones. Vi —con los ojos cerrados, pero con una aguda visión mental— al pálido estudiante de artes profanas arrodillado junto al ente que había armado. Vi la espantosa figura de un hombre yaciendo inerte y que, poco después, con la ayuda de una poderosa máquina daba señales de vida y comenzaba a moverse con dificultad.

La idea se me ocurrió con la rapidez de la luz: "¡Por fin lo encontré! Lo que me hizo morir de miedo seguramente hará de morir de miedo a otros, ¡solamente necesito describir el espectro que acechó mi almohada!".

A la mañana siguiente pude anunciar que tenía una historia.

viernes, 30 de octubre de 2009

De nuevo Halloween! El Corazón Delator...


Por motivo de Halloween, me dedico a poner una historia de fantasmas, este año me apetece publicarles una maravillosa lectura del Maestro de Maestros: Edgar Allan Poe.

El Corazón Delator

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!